Una de las acciones más difíciles que enfrenta un ser humano es la de perdonar. Y lo es porque definitivamente va en contra de lo que está en el sentimiento, en contra de la mente, en contra de la razón. Si razonas el perdón, te darás cuenta de que resulta tan aparentemente injusto, que no alcanzas a comprender porqué has de ser tú quien tenga que perdonar los errores o los actos dolosos que otras personas cometieron en tu contra. Y es por esto que luchas por defender tu dignidad de esas voces o de esas palabras que te dicen que para estar en paz con la vida es importante perdonar.
Pero ¿Cómo obligar a tu mente a que perdone a esas personas que físicamente ya no están, pero que en esencia continúan adheridas a tu ser, como parásitos que roban tu energía, como fantasmas inmunes al tiempo? ¿Cómo pedirle a tu mente que perdone lo que a todas luces parece imperdonable?
Resulta que todo empeora cuando te haces preguntas. El perdón no es algo que puedas manejar de esta manera o presionándote u obligándote a llevarlo a cabo sólo porque muchas personas dicen que así se vive mejor, (que de hecho así es), pero aunque así sea, tú eres tú y tienes tus propios tiempos, tu propia historia, tus propios recuerdos; por lo que no puedes compararte con los demás.