viernes, 18 de marzo de 2011

EL PODER DEL AMOR

Hace ya un tiempo llegó a mis manos una historia dura pero hermosa. Una historia realmente inspiradora y admirable. La he titulado EL PODER DEL AMOR, por su capacidad transformadora. Es un relato realmente inspirador que hoy quiero compartir con todos vosotros.




Max Ellerbusch 
Era un viernes ajetreado. Faltaban seis días para Nochebuena. Me encontraba en mi taller donde reparaba instrumentos musicales, estaba trabajando febrilmente para poder pasar las festividades navideñas con mi familia. De repente, sonó el teléfono y alguien me comunicó que mi hijo Craig, de cinco años, había sido atropellado por un auto.
Para cuando llegué al lugar del accidente se aglomeraba una multitud, pero me abrió paso. Craig se encontraba tendido en medio de la carretera. Ni siquiera se le había despeinado su rizada cabellera rubia.
Aquella noche falleció en el Hospital Infantil.
Hubo muchos testigos del accidente que ocurrió en el cruce del colegio. Nos dijeron que Craig había esperado en la curva hasta que el muchacho patrullero le hiciera la señal para cruzar. ¡Craig, qué cuidadoso eras con eso! Cuando salías para el preescolar, cuántas veces tu madre te recordaba: «¡No cruces hasta que te den la señal!» ¡Y siempre lo tenías en cuenta!
Dieron la señal para los peatones, y Craig bajó de la acera.
El auto vino a tal velocidad que nadie alcanzó a verlo. El chico patrullero gritó, le hizo señas, él mismo tuvo que correr para que no lo atropellaran. El auto nunca se detuvo.
Grace y yo regresamos a casa del hospital a través de las calles iluminadas con las luces navideñas. Aún no podíamos creer lo que nos había sucedido. No fue hasta entrada la noche, cuando observé la cama vacía de Craig que caí en la cuenta de lo que pasaba. De repente, me puse a llorar, no solo al ver su cama vacía sino por la sensación agobiante de soledad, lo aparentemente absurdo de la situación. Me pasé la noche entera con Grace despierta a mi lado, buscando alguna pista de un Dios amoroso en todo aquello, pero no encontré ninguna.
Cuando era niño me habían enseñado que no debía esperar ninguna. Mi padre solía decir que en toda su infancia jamás experimentó ni un solo acto de caridad ni amabilidad cristiana. Papá era huérfano, y se crió en la Alemania del siglo pasado, un país supuestamente cristiano. En aquella época, los granjeros alquilaban a los huérfanos como hoy en día se alquilan los tractores. Y los trataban con menor consideración que a las máquinas. Mi padre se convirtió en un hombre severo y con la actitud de que la vida era un viaje solitario hacia la tumba. 
Se casó con otra huérfana, y cuando comenzaron a tener hijos, decidieron emigrar a Estados Unidos. Papá consiguió trabajo en un barco. Desembarcó en Nueva York y siguió adelante. Luego se quedó a vivir en Cincinati donde había una colonia alemana. Se puso a trabajar en todos los empleos que encontraba, y al cabo de un año y medio había ahorrado lo suficiente para traer a su familia al nuevo continente.
Durante el viaje en barco a Estados Unidos, dos de mis hermanas contrajeron escarlatina y fallecieron en la isla Ellis. Con ellas también murió algo dentro de mamá. A partir de ese día no demostró ni pizca de afecto a ningún ser viviente. Yo me crié en una casa silenciosa, donde nunca resonaban risas y donde no existía la fe.
Más tarde, cuando me casé, decidí que no permitiría que esas sombras lúgubres afectaran a mis hijos. Grace y yo teníamos cuatro: Diane, Michael, Craig y Ruth Carol. Era Craig, incluso más que los otros, quien deponía el pesimismo que viví durante mi infancia y me confirmaba que el mundo era un lugar maravilloso y lleno de sentido. Cuando era chiquitín lucía una sonrisa tan encantadora que su cochecito se mantenía rodeado de personas admirándolo. Cuando íbamos de visita a casa de alguien, Craig, de tres años, corría hacia la anfitriona para decirle que tenía una casa preciosa. Cuando alguien le hacía un regalo, Craig se emocionaba tanto que se le saltaban las lágrimas, y se lo regalaba al primer niño que envidiara su juguete. Los domingos por la mañana, cuando Grace se vestía para cantar en el coro, Craig nunca se olvidaba de decirle que estaba hermosa. 
Y si un niño así puede morir, pensé mientras sentía una tremenda lucha interior recostado en mi cama aquella noche del viernes, si una vida así puede ser segada en un instante, entonces la vida no tiene sentido y al tener fe en Dios solo nos estamos engañando a nosotros mismos. Cuando amaneció, mi impotencia y desesperación habían encontrado un objetivo: un odio ciego hacia la persona que nos había causado este dolor. Aquella misma mañana lo detuvo la policía en Tenesse. Se llamaba George Williams y tenía quince años. 
La policía descubrió que procedía de un hogar deshecho. Su madre cubría los turnos nocturnos en su trabajo y dormía de día. El viernes el chico abandonó la escuela, agarró las llaves del auto de su madre mientras ésta dormía y se abalanzó por la calle… Toda la ira de un universo sin sentido parecía enfocarse en aquel nombre: George Williams. Llamé por teléfono a nuestro abogado y le supliqué que procesaran a Williams con máxima gravedad.
—Haz que lo juzguen como adulto. La corte juvenil no es lo bastante estricta.
Ese era mi modo de pensar hasta que ocurrió algo que transformó radicalmente mi vida. Ni siquiera puedo explicarlo. Solo puedo describir lo que ocurrió.
Sucedió en el lapso de tiempo que toma dar dos pasos nada más. Fue el sábado, ya tarde por la noche. Estaba dando vueltas en el pasillo, fuera de nuestra habitación, con la cabeza entre las manos. Me sentía mareado y enfermo, y cansado, sumamente cansado.
—Oh, Dios mío —rogué—, ¡muéstrame la razón de todo esto!
Y justo en ese instante, en el lapso de ese paso y el siguiente, cambió mi vida. Con un gran suspiro se me fue el aliento, y con él toda mi dolencia. En su lugar, me embargó una sensación de amor y alegría tan potente que casi me dolía.
Otros hombres han llamado a esto la «presencia de Cristo». Por supuesto que yo conocía dicho término, pero pensaba que era una idea teológica abstracta. Nunca me imaginé que se trataba de Alguien, de una Persona real, que llenaba aquel pasillo estrecho con Su amor.
Fue tan repentino que me dejó aturdido. Fue como si me hubiera caído un rayo que me trajo el amanecer. Me quedé parpadeando ante una luz desconocida. Aquellos sentimientos de venganza, dolor, odio, ira… no tuve que luchar para librarme de ellos sino que como si se tratara de duendes imaginarios de la oscuridad, desaparecieron al llegar la aurora.
Y mientras tanto, tuve la sensación particular de que yo era, al mismo tiempo, dos personas. Yo era otra persona, un ser que se encontraba a millones de kilómetros de aquel pasillo, aprendiendo cosas que los hombres no pueden expresar con palabras. Con frecuencia he tratado de recordar las cosas que aprendí en aquel instante, pero parece que ocurrieron en un ámbito diferente de mi mente física, como si la respuesta a mi pregunta fuera demasiado amplia para mi diminuto intelecto. Pero en ese ámbito mental más allá de la lógica, mi pregunta recibió su respuesta. En aquel instante supe perfectamente por qué Craig tenía que dejarnos. Aunque no pude verlo, supe que me había encontrado con mi hijo, y que era más sabio que yo, así que ahora habíamos cambiado los papeles, y yo era el niño y él el hombre. Y estaba muy ocupado. Craig tenía mucho que hacer, cosas tan sumamente importantes en las cuales no me debía inmiscuir. Mis preocupaciones todavía pertenecían a este mundo.
En la claridad del momento comprendí que ¡la vida es algo sencillo! Recuerdo las palabras exactas con que me vino dicho pensamiento: «La vida es como un curso en el colegio. En este curso debemos aprender una sola lección: Cómo establecer relaciones basadas en el amor.»
Oh, Craig, pensé. ¡Mi pequeño Craig, en tus cortos cinco años aprendiste tan deprisa, progresaste tan rápido y te graduaste tan pronto!
No sé cuánto tiempo estuve allí de pie en el pasillo. Quizás no transcurrió tiempo alguno según nuestra medida de las cosas. Cuando llegué a la puerta de nuestro dormitorio, Grace estaba sentada en la cama. No estaba leyendo, ni haciendo nada, simplemente miraba al frente como había hecho la mayor parte del tiempo desde el viernes por la noche.
Seguramente yo me veía distinto, porque a medida que Grace se volteó para mirarme, soltó un pequeño grito y se enderezó en la cama. Comencé a hablar, las palabras me surgían a trompicones, me reía, ansioso, tratando de explicar que el mundo no es un accidente, que la vida tiene sentido, que las tragedias terrenas no son el fin, que todo alrededor de nuestro algo incompleto era un universo de propósito, que dicho propósito iba más allá de nuestras mayores esperanzas.
—Esta noche —le dije—, Craig ya no nos necesita. Otra persona nos necesita. George Williams. Ya casi es Navidad. Quizás, en el Reformatorio Juvenil, no recibirá un regalo navideño a menos que nosotros se lo enviemos.
Grace me escuchó en silencio, inmóvil, mirándome fijamente. De repente, se echó a llorar.
—Sí —dijo—, está bien, está bien. Es la única cosa que ha estado bien desde que murió Craig.
Y estuvo bien. Resultó que George era un chico inteligente que se encontraba confundido y desesperadamente solo, que necesitaba un padre tanto como yo necesitaba un hijo. El día de Navidad recibió su regalo, y su madre recibió una caja de galletas navideñas que le envió Grace. Unos días más tarde solicitamos y obtuvimos su liberación, y nuestra casa se convirtió en su segundo hogar. Después de clases me ayuda en el taller, come con nosotros en la mesa de la cocina y se ha convertido en el hermano mayor para Diane, Michael y Ruth Carol.
Pero además de mis sentimientos hacia George, en el instante que tuve aquel encuentro con Cristo, otras cosas cambiaron. Aquel encuentro transformó cada aspecto de mi existencia, mi actitud hacia los negocios, hacia los amigos, hacia los desconocidos. No voy a decir que he podido mantener el éxtasis de aquel instante, porque dudo que el cuerpo humano pueda contener un gozo tal por mucho tiempo.
Pero estoy convencido —con la seguridad infinita de que no importa qué nos depare la vida—de que nunca volveré a tocar el fondo de la desesperación. Sin importar cuán intenso sea el golpe, en aquel instante cegador en que se abrió del todo la puerta pude echar un vistazo a un gozo aún más intenso y perdurable.


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